El 26-J se decidirá si España tiene futuro

Mariano Rajoy durante la investidura fallida de Sánchez.

En la segunda jornada de este falso debate de investidura que se desarrollará hasta mañana, viernes, se han dicho cosas de difícil o imposible marcha atrás. Y la única explicación de que se hayan dicho es que, a la postre, ninguno de los cuatro protagonistas quería reservarse esa posibilidad de dar marcha atrás. Sea porque los principios ideológicos, concepto del país o equilibrios internos en sus partidos se lo impidieran, bien porque ya dispongan de sondeos sobre el impacto de las diferentes posiciones posibles, en caso de repetición comicial, que les han inducido al optimismo y a sacar pecho.

Lo seguro es que esos muestreos existen, y que cada uno lo habrá encomendado a su empresa demoscópica habitual. Pero pensamos que habrán planteado las preguntas (ellos, no las demoscópicas) buscando las típicas respuestas de unos incondicionales que se concentran en caladeros propicios y bien localizados.

Sirven de poco, porque es como contarse uno mismo el cuento de la buena pipa. Pero cuando empiecen a filtrarlos tendrán el famoso y efímero minuto de gloria que, al parecer, cuenta bastante para subir la moral en instantes de tribulación interna, sobre todo por un intenso cuestionamiento de los líderes.

De este fenómeno, hoy, sólo se libra C´s. Y nocontrariamente a lo que venden– Podemos, a cuya cabeza visible, el trueno Iglesias, envían desde Barcelona, Sevilla, Galicia y otros puntos de nuestra geografía frecuentes mensajes tóxicos. Sólo esperan a que tenga un fracaso o pierda impulso para pasarle facturas pendientes. Eso explicaría en parte su airada diatriba del miércoles, parecida al pedaleo de un ciclista cuesta arriba, consciente de que si deja de dar a los pedales acabará en el suelo.

QUE NO NOS ENGAÑEN: TODOS QUIEREN ELECCIONES

El espectáculo dado en el Parlamento está siendo como el sueño del guionista enamorado de su libreto: cada uno ha respetado a rajatabla el cuadernillo memorizado. Sólo que este parecía nacido en la cabeza de un Tarantino que jugó a esconder a los demás compartir cómo se portaría cada personaje.

En este debate, PP y Podemos no se han desviado ni un milímetro de la opción B. Era la diseñada para desembocar en una pelea de gatos que hiciera imposible poner en marcha la opción A, en la que se guardarían las formas lo justo y preciso para que las dignidades quedaran a salvo, de modo que la próxima semana fuese contemplable una matización de posiciones o un reajuste de alianzas. Creo que a los arregladores de problemas –nacionalistas e IU del ingenuo Garzón, principalmente- se les ha ido todo de las manos. Tanto que ya han quedado con el Sr. Lobo en una cola del Inem para cambiar impresiones del siguiente paso a dar, delante de un cafelito.

Todo señala a que los vascos del PNV (predispuestos a incorporarse a un nuevo Gobierno PSOE-Podemos y resto de la izquierda radical, según contaban soto capa durante la semana precedente a incondicionales mediáticos) acudieron al hemiciclo pensando que las cosas irían por carriles mucho más civilizados. Con lo que, en un previsible segundo acto con cambio de alianzas incluido, podrían sacar un robusto conejo de la chistera.

Hubo en la intentona algún momento divertido, como cuando escuchamos y contemplamos a Francesc Homs, portavoz del DIL (el sucedáneo de Convergencia inventado por Mas para rehuir la acción de la Justicia), manejando palabras de doble sentido y amagando ademanes cómplices, con la sutileza de un chalán de mercadillo. Unas y otros planeados seguramente para equilibrar, previo pacto en Barcelona con ERC off course, la cadena de animaladas emitidas por Joan Tardá, cuya intervención rebosó un odio atroz a España.

Homs actuó como la serpiente que hipnotizaba a Mowgly en “El Libro de la Selva”, cantándole a Sánchez aquel sonsonete de “confía en mí”, mientras le miraba fijamente a los ojos y esbozaba una taimada sonrisita, digna del más consumado pícaro. Por su parte, el dedo del portavoz del PNV señalando a Rivera mientras insinuaba que con él nada era posible y, sin él, se podía hablar de todo, terminó de dibujar un cuadro sin duda conspirativo aunque bastante surrealista.

LA MANIOBRA DEL SEPARATISMO

Pese a tanta hipocresía, enseguida quedó claro que el separatismo había creído ver en la investidura, si lograba apuntalar ese cambio de alianzas a que aludimos, una oportunidad de debilitar todavía más al Estado, cínicamente acusado de recentralizador. Se sustentaba en apoyar -transcurrido un tiempo razonable para que la gente terminara hartándose de tanto juego de tronos- una fórmula PSOE-Podemos, con algún sumando procedente de sus filas y con las abstenciones o ausencias precisas. Se me ha asegurado que, de haberse asistido a esa fase, hasta la del propio Tardá estaría acordada.

Hay suficientes indicios de que la peña urdidora de ese plan la integrarían un PSOE para entonces débil hasta lo patético, los cabreados -en buena parte, anarcos y marginales de Podemos-, y el nacionalismo disolvente catalán, al que irremediablemente se uniría el vasco.

Ese colectivo convertiría muy pronto tal experiencia de gobernanza en un chiste. Pero de pésimo gusto, porque todo conduce a pensar que, con los resortes del poder en semejantes manos, las costuras de España, hoy ya casi meros hilvanes, no tardarían en saltar. No olviden que los antisistema declarados y aquellos que quieren marcharse sólo pueden alcanzar sus objetivos derribando la casa común de los españoles para construir otras a su medida. Esto es un hecho.

Felizmente –al menos, desde mi óptica-, pronto quedó claro que los protagonistas de la función no iban a comprometerse con las maniobras florentinas del nacionalismo vasco ni del catalán. Albert Rivera –dialécticamente brillante, conceptualmente profundo, generoso y solidario hacia el aliado, y conteniendo por fin sus excesos gestuales, tal vez porque sintió que su mensaje no necesitaba muletas- estaba excluido de antemano de esas tentaciones debido a su manifiesto patriotismo, y a la centralidad y moderación que tanto detestan en él los extremistas de un lado y otro. Pero pronto pudieron constatar que, en esta ocasión, tampoco a Pedro Sánchez iban a montarle un trile.

En el respeto a sus pactos con C´s, que lo anclan en una socialdemocracia liberal y avanzada, en la firmeza de su defensa de la integridad de España, en el aplomo que mostró durante las dos jornadas vividas, Sánchez transmitió, quizá por primera vez, talante y hechuras de hombre de Estado. Y, sin embargo, casi todo el mundo le da como el gran perdedor en los análisis mediáticos. ¿Cómo es posible? ¿Qué hizo tan mal para ser el único dirigente que apenas ha superado los dos dígitos en la estimación de la calle?

La respuesta es compleja porque, bajo mi punto de vista, abarca varios escenarios.

¿FUE COBARDE SÁNCHEZ?

Actuó como Chamberlain hizo con Hitler en Munich: en su afán de apaciguar al artificioso y sobreactuado miura podemita que salió de cajones resoplando y corneando todo lo que se le ponía por delante, transmitió una sensación de debilidad y hasta de acojonamiento que indujo a su adversario a ir dando vueltas a la tuerca, hasta terminar crujiéndole los huesos.

El candidato no supo ponerlo en su sitio. Y eso que –permítanme que les hable en román paladino-, con sus desplantes, chulería, prepotencia, disparates en ristra, enmascaramientos ideológicos, trampas para aburrir y constantes faltas de respeto hasta terminar con gravísimos insultos a una figura icónica para los socialistas españoles como es Felipe González inventándose su intervención en el secuestro y asesinato de los etarras Lasa y Zabala, se lo puso a huevo. El trabajo de laboratorio –o de plató, da igual- que había detrás de tanta majeza quedó en evidencia cuando a Errejón se le dibujó media sonrisita al escuchar la injuria más agresiva, y mamá Bescansa mantuvo sin pestañear su impavidez de curtida jugadora de póker.

Todavía me llevo las manos a la cabeza ante la incompetencia de los miembros del estado mayor de Sánchez –sobre todo, de Luena y López- al no pillar al vuelo que Iglesias había llegado sacudiendo estopa y en son de guerra porque no quiere llegar la semana que viene a “un arreglito” de Gobierno ni, mucho menos aún, que le den la vara ni un solo minuto más con lo de que debe abstenerse en la votación del viernes. Además de lo bien que le ha venido para afirmar su pretendida “superioridad moral” sobre la real ubicación en la izquierda del PSOE, a cuyo secretario general la blandenguería de su reacción le puede costar la cabeza a manos de sus propios correligionarios provinciales más pronto que tarde.

SOLO NOS QUEDA LA PAPELETA DE VOTO

A partir de aquella furia de laboratorio del cabecilla descamisado, los estrategas de Ferraz tenían que haberle quitado a Sánchez el bozal e incitarlo: muerde a este enloquecido maniobrero y prueba a sacarle los hígados transmitiéndole el mismo repelús que le dedicaste a Rajoy; y pónlo colorado con los crímenes y tropelías de sus ineptos, sectarios y corruptos inspiradores, Chaves y Maduro, amén de otros de idéntica cuerda, y menciónale hasta que le duela la oreja la pasta gansa con la que se ha dejado sobornar por ellos. Háblale del descontrol que reina en Podemos por protagonismos cainitas, y recuérdale que, suyos –lo que se dice, suyos- tiene los mismos diputados que tu socio de candidatura, por mucho que abrace y morree a Domènech en un ridículo afán de demostrar un buen rollito que quedaría bien en la verbena de La Paloma pero no en la Carrera de San Jerónimo.

En vez de eso, Sánchez balbuceó, extravió la mirada y se puso verde. Toda la saña excesiva y con frecuencia visceral que dedicó a Rajoy, hasta el punto de convertirlo en víctima y devolver simpatías a su campo -como lo demuestra el hecho de que los sondeos periodísticos sitúan su valoración entre 20 y 10 puntos por encima de él- fue flojedad sin límite con su verdadero adversario, el que quiere llegar al 27-J para llevar a la irrelevancia al centenario PSOE: el Podemos populista como primera etapa hacia un totalitarismo que amenaza con devolvernos al Tercer Mundo. Una amenazadora fábrica de Caos que asoma en el horizonte y que, si alcanza su meta, no dará un paso atrás.

Usted, lector, tendrá en sus manos ese día la papeleta que quiera depositar en la urna. Nadie podrá enredar colándose entre usted y su conciencia, por lo que estas reflexiones no van a mediatizar su voto. Recuerde, sin embargo, que apoyar al PP –incluso con una pinza en la nariz, a fecha de hoy- significará elegir a una derecha civilizada que -con la que le está cayendo y la que le va a caer en la campaña- no tendrá más remedio que regenerarse y renovar a la casi totalidad de su dirigencia. Votar al PSOE será una opción lógica y normal, pese a los problemas que arrastra en trayectoria presente y liderazgo. Me callo lo que pienso de votar a Ciudadanos por cierto pudor, aunque sí voy a reconocer mi sorpresa ante su rápida evolución desde simple partido regional y casi unipersonal a organización a nivel del Estado con una ideología clara y un tejido territorial que parece haber superado peligros que amenazaban su consolidación.

De lo que para mí significa dar el voto a Podemos, creo que ya tendrá suficientes elementos de juicio. Si estos pensamientos le llevan a acordarse de mis antepasados, pues ¡qué le vamos a hacer…! Hay que saber encajar. Pero, en todo caso, gracias por su tiempo.

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