El precio de la inocencia

A veces la vida te invita a emular a la escritora danesa Adda Ravnkilde: “Y cuando ya estaba hundida y su alma se había ensombrecido por completo, se dijo casi triunfante: “Ahora soy mala”.

Bien es cierto que a los pocos días de semejante confesión, Adda se suicidó en una pensión de Copenhague cuando solo tenía 21 años porque nadie le publicaba sus obras. Si hubiera esperado solo un año más antes de beberse un frasco de veneno, cortarse las venas y, ante la posibilidad de que todo aquello fallara, dispararse con un arma, habría visto como sus obras salían a la venta y se convertían en un éxito. La vida. Esa vida que a ratos parece llegar tarde, como el arrepentimiento, el éxito, el amor, la justicia, o como las ganas de hablar y consensuar que le entran a la clase política después de conocer la voluntad popular e ignorarla en pro de la democracia con tal descaro que hasta se la juegan a cara o cruz lanzando una moneda al aire, tal cual. La misma vida que a veces se asemeja a una partida de cartas repartidas por una pitonisa gitana.

Supongo que cuando el padre de Marta del Castillo tuvo la idea de ofrecer 18.000 euros a uno de los asesinos de su hija para que le dijera donde está su cadáver, lo jugó como su último envite a la vida. Malas cartas las de la compasión, la clemencia, la generosidad y la inocencia cuando se juega con un descerebrado emocionalmente impedido como Miguel Carcaño. Esa inocencia de Antonio del Castillo le llevó a proponerle firmar un contrato por el que le entregaría 20 euros semanales mientras permaneciera en prisión, y otros 18.000 euros cuando saliera de la cárcel para que pudiera rehacer su vida sin problemas económicos. No se me ocurre mayor chute de inocencia que velar porque el asesino de tu hija rehaga su vida. O a lo mejor es que ha seguido las enseñanzas de Sócrates y sabe que las almas ruines solo se dejan conquistar con presentes. La búsqueda de la piedad le llevó incluso a comprometerse a no tomar ninguna acción contra él que pudiera perjudicarle legalmente, siempre y cuando le dijera donde está el cadáver de su hija. “Me pondría de rodillas si con eso me dijera donde está Marta”. Incluso de rodillas, Antonio tendría más dignidad que el asesino de su hija. La tendría aunque no tuviera pulso y hubiera dejado de respirar.

Después de valorarlo durante un tiempo, Miguel Carcaño dijo que no le compensaba la oferta, supongo que porque debe tener otra mejor, ya que perder el tiempo aventurando sobre la inteligencia de esta escoria humana, es empresa inútil. E imagino que después de lanzar semejante respuesta no habrá vomitado ni le habrá dado embolia alguna porque ni la naturaleza es tan sabia como muchos creen ni la justicia divina se prodiga tanto como nos gusta pensar. La ley de compensación, ésa por la que todo acto tiene en sí mismo su propia retribución , está mal hecha y no funciona como debería como tampoco lo hace la mayoría de las leyes. Es curioso lo que ocurre con el cumplimiento de la ley: sólo la cumplen unos pocos, que suelen ser los inocentes, las víctimas, los que cargan con todo y se lo tragan todo, los de siempre.

La ley de compensación, ésa por la que todo acto tiene en sí mismo su propia retribución , está mal hecha

A los padres de Marta tampoco les compensa haberse quedado sin hija. No les compensa confiar en la justicia , ni en la policía, ni en el resarcimiento divino o terrenal, ni en la buena voluntad, ni en el desagravio. Me temo que a estas alturas no les compensa ya ni rezar.

No sé hasta qué punto de desesperación puede llegar una persona para intentar razonar con el asesino de su hija. Pero aún imagino menos el grado de maldad de un miserable para evitar que unos padres puedan encontrar los restos de su hija para poder enterrarlos. Cualquier cosa que haga o diga el padre de Marta del Castillo está condenada a contar con la aquiescencia de la sociedad, porque no nos queda otra. Pocas cosas nos hacen sentirnos más cerca de una persona como el dolor y el sufrimiento de un inocente, al menos si tienes la cabeza en su sitio. Pero siempre hay excepciones. Cuando el filósofo Sydney Hook le preguntó a Bertolt Brecht qué pensaba de los millones de muertos que había dejado el régimen estalinista a lo largo y ancho de Gulag ruso, respondió con la desfachatez y el desgarro que suelen envolver las injurias: Cuantos más inocentes son, más merecen morir”. Sonó infame, cruel y perverso, seguramente porque lo era. Pero contemplando la historia de la humanidad, el comentario de Brecht, aunque despreciable, parece reflejar con total crudeza la realidad.

Y aunque la realidad siempre supera la ficción, déjenme recuperar una frase de una de las series de ficción de más éxito, “Dexter”, basada en la novela El oscuro Pasajero de Jeff Lindsay, y que cuenta la historia de un forense reconvertido en un psicópata, un asesino en serie que después de trabajar en la comisaría se lanza a las calles para asesinar a los criminales que lograron burlar a la justicia : “Nadie merece morir, pero hay algunos de nosotros que no merecen vivir”. Me pregunto si Miguel Carcaño verá la serie “Dexter” en prisión. Aunque tampoco creo que la entendiera.

Observando la vida uno puede llegar a la intrigante conclusión de que no sale rentable ser bueno y que solo cuando estás lo suficientemente hundido y desesperado y te conviertes en malo, como reconocía Adda Ravnkilde, las cosas comienzan a ir bien. Sugerente es, sin duda, pero da miedo. Lo único que nos salvará es encomendarnos a Edmund Burke y entender que para que triunfe el mal solo es necesario que los buenos no hagan nada. Así que, bienvenidos sean los buenos y sus ideas. Ellos salvarán el mundo… o lo que quede de él.

Imagen | Flickr – Michael Coghlan

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