España, Yesterdayland

Tomorrowland

Tomorrowland , el film de Brad Bird que se estrenó este fin de semana en la cartelera española, no ha tenido las mejores críticas posibles. Según el portal Rottentomatoes.com, que agrega las opiniones de los críticos estadounidenses, estos sólo le han concedido un 49% de opiniones positivas. En IMDB.com, la web de referencia de información cinematográfica, más de 20.000 usuarios le otorgan un bien alto. ¿Era difícil que el optimismo patológico del film se filtrase en una sociedad acostumbrada a pensar siempre en negativo? ¿O es que la película no es muy buena?

El cine no es amigo, últimamente, del optimismo. El Superman de Zach Snyder es un ejemplo perfecto. Un personaje luminoso que encarna buena parte de nuestros méritos como especie a pesar de no formar parte de la misma, metáfora perfecta de las virtudes de la inmigración, se nos presentaba como un tipo torturado, oscuro y condenado a la mediocridad por un padre humano empeñado en impedirle cumplir con su potencial. Superman Returns, el intento anterior de Brian Singer, ya fue condenado por la crítica debido a su optimismo, a una cierta tibieza a la hora de repartir candela y a la voluntad de recuperar el legado de los films clásicos de Richard Donner, con su peculiar sentido del humor incorporado.

Recomiendo encarecidamente revisar este vídeo en el que se muestra cómo habría cambiado el film de Snyder sólo con haber apostado por una paleta de colores más alegre. Es la prueba clara de que Hollywood está convencido de que estamos deseando ver fábulas oscuras y distópicas, no brillantes momentos de alegría y esperanza. Una de las mejores películas de este año es Mad Max, un film que no empieza, que arranca, y que nos presenta el destino en forma de páramo. La Carretera, Los Juegos del Hambre, Divergente, Terminator, Dredd, Legión, El Libro de Eli… Son los futuros distópicos que me vienen a la cabeza. Y los que quedan por llegar. La segunda entrega de Los Vengadores fue mucho más oscura que la primera, más llena de presagios tecnológicos ominosos.

Tomorrowland, sin embargo, nos presenta una historia que querrás enseñar a tus hijos, una fabulación absurda y simple que nos grita, quizá de forma demasiado simple y nada irónica, un mensaje positivo. Algo que, según nos dicen en la propia película, no estamos preparados para ver. Que podemos salvar el mundo.

En cierta forma, Tomorrowland es el UPyD de las películas de ciencia-ficción.

Sin explicar nada del argumento, el film que protagonizan George Clooney y Britt Robertson es una profecía autocumplida que, desde el propio guión, nos explica por qué no estamos del todo preparados para disfrutarla. En cierta forma, es el UPyD de las películas, lamentando que el futuro utópico que podríamos alcanzar pero para el que no trabajamos lo suficiente es demasiado bueno para nosotros, pandilla de vagos.

Tomorrowland es el nombre de una atracción Disney que cumple 60 años ya y que, en su lanzamiento, contaba como patrocinadores con Monsanto y con la industria del petróleo y la automoción. La película recupera ese espíritu retro y nos recuerda algo muy cierto: hace medio siglo el futuro tenía mucho mejor aspecto. Algo más parecido a lo que ya nos vendieron el Top Ten de Alan Moore o la Astrocity de Kurt Busiek.

Son temas que Brad Bird ya había explorado antes. Lo hizo en la muy redonda Los Increíbles, de Pixar, donde ya fijaba el tema principal del film que acaba de estrenar: es necesario que las personas extraordinarias den un paso hacia delante y no se dejen cegar por la constante exaltación de la mediocridad en la que vivimos.

Lo curioso es que la película ha sido acogida con tibieza en Estados Unidos, donde sí existe una cultura de apreciación del mérito y donde puedes pensar en que Silicon Valley hace las veces de Tomorrowland, un territorio donde todo es posible y que está impulsado por la voluntad y el esfuerzo colectivos de las más brillantes mentes de todo el planeta, unidas para transformarlo. “Hacer del mundo un lugar mejor” es un tópico tan repetido en el valle del silicio que hasta Mike Judge ha tenido tiempo de reírse de él.

En España hablamos de «cambio» cuando queremos hablar de «política»

En España, en cambio, llevamos un año discutiendo sin parar sobre cómo las cosas pueden cambiar gracias a ¡la política! Hablamos de cosas como “cambio”, “transformación” o “renovación”, y eso está bien. Pero si nos fijamos en los grandes temas de la última campaña, se han dedicado muy pocas palabras a la tecnología y muchas a discutir sobre los mismos temas que protagonizaron el pasado siglo. Quizá Ciudadanos ha sido el partido que se lo ha trabajado más, mientras que Ahora Madrid ha dejado que le colonicen el programa con pseudociencia. En el Mobile World Congress de Barcelona se habla mucho de tecnología y de futuro. Pero Ada Colau, que al ocupar la alcaldía se convertirá en presidenta de la Fundación Mobile World Capital, apoyaba recientemente, por contradictorio que pueda parecer, la ocupación ilegal de las instalaciones de su edificio más simbólico por un grupo de trabajadores de subcontratas de Movistar. Más allá de los méritos que puedan tener sus reivindicaciones, la amenaza que suponen para la continuidad de uno de los congresos más importantes que se celebran en España, y con el futuro como bandera, es obvia.

En la España que ha pedido históricamente que inventen otros, ningún loco con amor por la tecnología y Ayn Rand en la mesilla de noche habría podido imaginar nunca nuestra propia Tomorrowland. No tenemos un Eiffel, un Edison, un Tesla o un Verne. Y si algún loco a lo Onofre Bouvila se embarcase en algo así, probablemente los patronos del proyecto terminarían enfadados por cuestiones baladíes como la lengua oficial de nuestra ciudad de los prodigios patria, cuántos campos de fútbol incorporaría, si habría que llevar a Messi o a Cristiano Ronaldo, o si hubo o no pitada al himno durante la inauguración.

¿Lo más duro de todo? Pensar que Tomorrowland se rodó en parte en España, en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Incapaces como hemos sido de cambiar el mundo, al menos hemos puesto nuestra triste burbuja como irónico decorado.

Y aún así, pese a todo, sales de la sala pensando, por una vez, que hay esperanza, que nuestros hijos tienen en su mano revertir esta triste situación, que hay un futuro mejor esperándonos y podemos forjar un futuro mejor. 

«Vi pasar los meses, no quería ver a nadie, hasta que encontré a Esperanza, esperándome en la calle. Ella me habló de un futuro y de luchar por él. Me dijo: «Libertad te espera, ella siempre te será fiel» Ellas, Nach e Ismael Serrano 

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