Por fin lo vi claro: ‘¡Es la ruptura con lo anterior, estúpido!’

Puede sonar escatológico en la acepción más desagradable del término, pero si hoy un representante de Podemos se expresara a cuesco limpio debatiendo ante el público con portavoces de partidos históricos y quedase más que demostrado, urbi et orbi, que durante años los morados han cobrado, crecido y vivido de esa versión cutre y matasiete de la izquierda revolucionaria latinoché (Umbral dixit) como es el chavismo y su marca blanca el madurismo, continuaría saliendo vencedor del choque.

Da igual que se trate de un duelo dialéctico a cuatro, a siete o cualquier otro modelo que los siempre ocurrentes e inútiles expertos se saquen de la manga. Da lo mismo que su intervención sea aguda o torpe. Los podemitas no ven tales enfrentamientos como una ocasión de elegir entre posturas enfrentadas sino como una guerra. Y en las guerras la primera víctima siempre es la verdad. Así que, ayudados por sus 3.000 voluntarios para manipular las redes sociales, obran en consecuencia.

Es una ola difícil de parar porque responde a una tendencia que hoy surfea exultante sobre la cresta de una ola perfecta –al nivel de la mítica de Mundaka-. Esa ola, que reúne a una creciente y ya casi aplastante mayoría de los españoles entre 18 y 45 años, exige un relevo al frente de la sociedad. Pero no sólo ha de ser un cambio generacional sino que, además, la nueva leva no puede haber participado en lo que ellos identifican con un largo periodo de “rapiña, estafa, aprovechamiento, abuso, puertas giratorias, manipulación de la justicia, mentiras concatenadas, incumplimientos, trampas…”. Y un etcétera tan  largo que pone los pelos de punta. Y, lo que es peor, responde a la realidad. Pero no es toda la realidad.

El PSOE (refugio, en su momento, de los jóvenes, muchos de los cuales hoy lo abominan) está en caída libre y su discurso suena a hueco. El PP se ha convertido en asilo de una tercera edad desconcertada, que lo identifica con el último aunque poco fiable dique que puede detener el tsunami electoral en que ha devenido aquel “movimiento de los indignados” que pocos imaginaron transformado en el terremoto político que es hoy. Las guasecitas coreadas en torno a aquellos “Círculos” que encuadradores y encuadrados formaron después de las tensas, mas festivas, jornadas de la Puerta del Sol para que el impulso no se perdiera en el éter se han trocado en temor, recelo y hasta amagos de pánico. No será “Ciudadanos” –meritorio aunque insuficiente y poco ilusionante intento de reacción moderada y centrista- la que impedirá la polarización.

Aquellos marginales del 15-M de 2011, que algunos  pasados de listos calificaron de chusma, se exhiben hoy casi a punto de tomar la Bastilla. Aunque los ricos, una vez más, están demostrando ser los más previsores,  y sus sicavs (las sociedades de inversión en que esconden y hacen fructificar su dinero a salvo de los “excesos” recaudadores de Hacienda) ya han sido prácticamente vaciadas, según filtraciones llegadas de bancos y sociedades financieras. Por si acaso.

Desde los medios políticos y periodísticos tradicionales se intentó, y se intenta aún, pese a la constatación del fracaso sea cual sea el resultado del 26-J,  combatir la tendencia de los “sans culotte” o “descamisados” –llámenlos como quieran, el adjetivo se esfuma y la realidad permanece- utilizando los sesudos razonamientos de siempre: Transición  y Constitución son  igual a democracia, garantías, respeto a los derechos de cada uno, libertades, etc.

Pero los dirigentes antisistema, que ahora camuflan sus anteriores designios (los de verdad, los que les permitieron presentarse como campeones del cabreo popular contra la clase dirigente) han sabido establecer una complicidad con la gente de a pie que no deja de maravillar. ¿Por qué, si es claro que el origen del Partido está en dineros extranjeros procedentes de una casta tan corrupta como la que más, las capas de la sociedad española frustradas con el Sistema de aquí no los rechazan? ¿Por qué les toleran ir ayer de feroces revolucionarios y hoy enseñar una blanca y casi inofensiva patita socialdemócrata? ¿Por qué soportan, impávidos y hasta sonrientes, que sus líderes repitan una y otra vez esa flagrante maniobra de decir hoy una cosa y mañana la contraria…?

Se me han  caído las escamillas de los ojos y creo tener la respuesta a todas esas preguntas: en Podemos se ha establecido entre el aparato  y las bases una corriente de complicidad que durará lo que dure. Pero en ese lapso han surgido entre ellos unos códigos de comunicación basados en guiños, en un `ya sabéis que estas ofertas electorales casi dulces que hacemos hoy es para llegar al gobierno  en estas elecciones, porque si no perderemos una ocasión quizá única de enviar al diablo a la casta y construir la sociedad revolucionaria e igualitaria que queremos´.

Cierto que lo de igualitaria, en realidad no se lo creen ni ellos (hablo de los dirigentes, claro está), pero lo de revolucionaria (aunque signifique la ruina del país según los estándares europeos) ni lo duden. Y el ejemplo  español está cundiendo más allá de nuestras fronteras, como lo demuestran las elecciones municipales italianas, con el “Movimiento 5 Estrellas” de Beppe Grillo triunfando nada menos que en Roma y Turín.

A los seguidores de Podemos les importa en el fondo un bledo la represión de las libertades, las gigantescas coimas, el desabastecimiento de lo más esencial (alimentos, fármacos, productos de higiene, etc.) en la sociedad venezolana. Prefieren adjudicar a quienes denuncian tal estado de cosas -sean individuos, organizaciones políticas o empresas de comunicación- la misma falsificación de la verdad de que los acusan aquí. Por eso rechazan o se niegan a tomar en consideración el hecho indiscutible de que los millones aportados por el chavismo a Podemos, y hasta los miles y miles ingresados en las cuentas personales de sus líderes adulteran a tope el mensaje de transformación total del país.

Continúan y continuarán predicando esa transformación aunque signifique un fraccionamiento brutal de España como entidad política y social para devenir en un puñado de Repúblicas de  Taifas y en una puesta al día del sustento básico del marxismo-leninismo, que es la lucha de clases llevada a sus últimas consecuencias.

No intenten los demócratas del modelo burgués seguir vendiéndoles tolerancia, deseos de pactar, el eterno do ut des, porque nada de eso funcionará. Podemos no se trata sólo de la expresión de un deseo de relevo generacional, sino de un rechazo de cuanto crearon –y corrompieron, admitámoslo- los que hoy son padres y abuelos como normas de convivencia para relevar al franquismo.

Es cierto que el cambio llegó de la mano de la transformación de los usos sociales desarrollados en la dictadura a unos hábitos que acabaron instaurando una oligarquía convivencial y progresista, pero oligarquía al fin y al cabo. Ahora, la crisis de la que “Lehman Brothers” fue la señal de partida ha desenmascarado la lenidad de los principios de esa oligarquía así como su coste para las clases medias y de rentas bajas. Y ha dejado al aire las vergüenzas de untremendo déficit en justicia, distribución de la riqueza y lucha contra una corrupción sistémica.

Los tribunos de la plebe –lo que serían Iglesias y compañía en la República clásica romana- han visto tras la ocupación del Aventino (en este caso, la Puerta del Sol) por las masas la oportunidad de derrocar todo. Y quizás, está por ver pero parecen creer en su derecho a esa oportunidad, construir otra convivencia distinta. Quizás irracional, quebrantahuesos y ruinosa, pero en cualquier caso distinta.

Saben que no se verán en otra igual –el capitalismo tiene más que probada su habilidad para readaptarse en las crisis-, por eso lo quieren todo. Y lo quieren ahora.

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