Necio #010: Guardiola

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Una vez cada diez generaciones, en esta infecta bola de barro que conocemos como planeta Tierra ocurre un acontecimiento iluminador, un alumbramiento tan señalado que, por sí solo, es capaz de cambiar la historia y el destino de los hombres.

La alineación de las constelaciones tiene lugar habitualmente en puntos remotos como Judea, el delta del Nilo, o las faldas del Himalaya. Extraños sitios llenos de poder e influencia, donde las fuerzas telúricas son más intensas y condensan, a lo largo de siglos de paciente espera, las energías positivas de la humanidad, aguardando a que nazca uno de esos elegidos.

A veces, sin embargo, las fuerzas telúricas se toman unas cañas con las placas tectónicas al salir del trabajo y se equivocan, haciendo nacer un redentor en un punto inapropiado, al grito tan español del “Yo controlo”. Normalmente la Naturaleza corrige enseguida esos errores con una gripe, una inundación o un pisotón de camello, pero no siempre llega a tiempo. En ese caso, los errores crecen en una masía alimentándose de butifarra, en lugar de llevar un desarrollo normal -halo incluido- en una carpintería bajo la atenta mirada de una doncella inmaculada y de una paloma con la que tiene cierta sospechosa confianza.

La última vez que ocurrió uno de estos traspapelados telúricos fue el 18 de enero de 1971, en la villa barcelonesa de Santpedor. Pep Guardiola nació con los poderes de un Neo o un Horus pero, sin la adecuada orientación de ascetas nepalíes o negros pastilleros, el muchacho, en lugar de inclinarse hacia doblar cucharas con la mente o caminar sobre papel de arroz sin dejar huella, hizo lo que cualquier niño sano de su edad: coger un balón de fútbol.

Pep fue percibiendo como las fuerzas telúricas iban despertando en su interior

Sin los maestros apropiados para desarrollar sus poderes, el joven Pep fue un buen jugador que rozaba por abajo la grandeza. Pero con cada nueva Diada, con cada vela que apagaba en la tarta de cumpleaños, con cada nueva audición de Els Segadors, Pep fue percibiendo como las fuerzas telúricas iban despertando en su interior. Y a la enésima vez que escuchó en su interior aquello de “Endarrera aquesta gent tan ufana i tan superba!”, miró al entrenador del banquillo visitante y se elevó, a golpe de 5-0 por encima del cesped del Camp Nou unos milímetros, lo justo para que no se notase, pues si hay algo que caracteriza a un auténtico elegido es la humildad. A humildes no les gana nadie.

Desde entonces, Pep Guardiola ha intentado disimular su condición de ser superior y todas las manifestaciones asociadas, incluyendo la orina perfumada y ese brillo que rodea su cabeza cuando está medio distraído y los focos del estadio le iluminan con determinado ángulo. Incluso abandonó el club al que llevó a la gloria intentando esconder de los focos esa elección divina, esa mano ganadora que el destino le repartió para guiar a los hombres hacia un mañana mejor. Como Jonás, Guardiola rechazó la llamada divina y se camufló en su retiro muniqués, donde su estrella no desprendiese tanta luz.

Pero las fuerzas telúricas solo se pueden reprimir durante un tiempo. Tarde o temprano la tierra que te dio el poder te exige un precio, la pastilla azul deja de funcionar y la grana te devuelve al mundo real, allí donde debes cumplir la función para la que has nacido.

Para Pep Guardiola ha llegado la hora de estar alerta, ha llegado otro junio, hay que afilar bien las herramientas, golpe de hoz a golpe de hoz. Y lo ha hecho -con voz tranquila y humilde, como no podría ser de otra forma, sin darse importancia, sin querer en absoluto llamar la atención- desde China, donde de hoces saben un rato. Desde allí ha reivindicado su derecho a presentarse -el último, porque es humilde- en la lista unitaria de Mas, a ser candidato en ese 27-S donde se juega su futuro la patria tal y como la conocemos, esa una, grande, libre e indivisible. Y si Pep Guardiola está en esa lista, si él cree que ya ha llegado el momento, es que el día ya está aquí. Porque se puede contradecir a millones de catalanes, pero… ¿quiénes somos nosotros para contradecir a las fuerzas telúricas?

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