De Trump a Iglesias: Nueva edad de oro de la demagogia

Son muchos los que siguen desde hace tiempo -al principio, con risas y escepticismo; ya hoy, con creciente preocupación-  la irrupción de Donald Trump en la carrera electoral que tiene por objetivo la Presidencia de los EEUU. Igual que ha ocurrido aquí con el icono de la peña de profesores revolucionarios de la Complutense, Pablo Iglesias. Son fenómenos en apariencia distintos pero hermanados por el sello de la demagogia.

Confiando, tal vez, en los vaticinios hechos por muchos gurús del periodismo político y del resto del mundo sobre que Hillary Clinton, en el caso de ser ella la designada por el Partido Demócrata, se  comería crudo a su inesperado rival, los ciudadanos norteamericanos se tomaron a pura broma aquel anuncio que les sonó a aventurerismo puro. Los orígenes frecuentemente ridículos de los populismos aún  nos pillan en Babia, y a muchos nos cuesta admitir cuando se acaba la broma. Ahora, una especie de indefinible extraterrestre está a punto de suceder a Barack Obama.

`Aquí está –avanzaron no pocos cuando Donald Trump irrumpió en el escenario dándose golpes de pecho- otro esperpento al estilo Ross Perot, aquel texano podrido de dinero que un día fundó el llamado Partido de la Reforma con el objetivo de alcanzar el Despacho Oval. Fracasó en dos campañas –1992 y 1996-, pero llegó a asustar a la ortodoxia bipartidista.

Su programa era ultraconservador, con poco que envidiar a las excentricidades de Trump con su muro on the border de México pagado por los mexicanos, y la prohibición a los musulmanes (ni siquiera turistas) de acceder a EEUU.  Perot llegó a proponer que el ejército se hiciera cargo de la seguridad callejera en las grandes ciudades de EEUU. Un disparate con poco que envidiar a los del histrión actual, pero que le entregó un 19% de votos.

Todavía la actitud mayoritaria de los ciudadanos ante los postureos de “Peluquín Dorado” Trump, sus prédicas de aparente colgado y cierto cachondeo generalizado acerca de sus expectativas de triunfo no han cambiado gran cosa. A pesar de las señales de alarma.

Los de la especie humana tendemos a no escarmentar. Nos empecinamos en menospreciar a esa figura digna del teatro de Plauto, pero que ha ido obteniendo victoria tras victoria en primarias y caucus republicanos. Y, sin embargo, ya se admite, aunque apretando los dientes y escupiendo por un lateral de la boca, que, mediante una bien planeada OPA desde dentro, controla el Partido Republicano, en vísperas de su congreso para proclamar candidatura presidencial.

Se ha llegado a eso pese a la feroz aunque tardía oposición de sus jerarcas, que intentaron contraprogramarle apoyando a un individuo desagradable -tan conservador, antipático y meapilas como entre nosotros lo fue el felizmente jubilado cardenal Rouco Varela- llamado Ted Cruz, cuyos despojos políticos alfombran desde hace poco  el camino de la Casa Blanca.

TODO HA CAMBIADO A CAUSA DE LAS REDES

Se está demostrando a la velocidad de la luz que la irrupción de las redes sociales  en la selección de los liderazgos políticos ha convertido a los instrumentos tradicionales de influencia –periódicos, cadenas de TV y  radio- casi en meros complementos de Twitter, Facebook, Linkedin, Instagram la mortecina Tuenti, amén de alguna otra.

Es cierto que las redes encarnan un vehículo plural en el que resulta casi imposible poner de acuerdo a los usuarios a la hora de articular un mensaje unificado, así como sobre qué figura debe encarnarlo ante una sociedad tan diversa cual es la que hoy vivimos.

En ella, el provocador exhibicionismo  mediático de los más pudientes (con sus lujosos barcos, vida sexual en la que veteranos/as prepotentes alquilan, lucen y utilizan  a  jóvenes con cuerpos de ensueño, vestimentas que con frecuencia representan el salario anual de un trabajador de base…, el todo, mientras gozan de plena seguridad y aislamiento en paraísos residenciales que la mayoría sólo puede contemplar en fotos) ha ido creando, primero, y alimentando, después, una sensación de agravio que, poco a poco, ha derivado en este rencor que hoy enfrenta a las distintas clases sociales, y ha creado un neopopulismo que nadie sabe cómo afrontar. Desengañémonos: la lucha de clases no ha muerto.

CAÍDA LIBRE DE LA ORTODOXIA MEDIÁTICA

Durante siglos, las revoluciones destinadas a trastocar esta realidad se basaron en la violencia. Los medios de comunicación  –y, por tanto, la posibilidad de realizar convocatorias para tomar las instituciones, calles, etc.-, así como los cuerpos armados que podían reprimirlas, estaban bajo el control de los más poderosos. Con todos los matices posteriores que se quiera, introducidos por ideologías-coartada que enunciaron avances hacia la convivencia social  pero que terminaron por integrarse lo que se conoció como El Sistema. Y, más modernamente, por La Casta.

La irrupción y consolidación de las redes ha llevado al universo de la serie  “Juego de Tronos”, buen exponente de lo que fueron esos ajustes de cuenta en el pasado, a ser una excitante pero inútil pieza de museo. Los parámetros de las tensiones sociales de hoy están mucho mejor representadas por las implacables realidades subterráneas de otra serie, “House of Cards”, que sí refleja cómo son las cornadas con que la gente del tinglado se disputa el poder. La diferencia fundamental entre lo que se retrata en ellas es el control y manipulación de unos datos que llegan a los oídos afectados casi al mismo tiempo en que se producen los hechos.

No es extraño que “Juego de Tronos” guste tanto a Pablo Iglesias, ya que abarca una etapa histórica muerta en la que el mundo se dividía en  tiranos (los divinizados amos) y avasallados (que él identifica ante la galería como los suyos) En “House of cards” no hay buenos ni malos, sino individuos o grupos que se disputan con ansia y absoluta falta de escrúpulos esa gigantomaquia que los nuevos dioses de las redes libran contra los oxidados gigantes de los medios de comunicación clásicos. A Iglesias no le gusta que ese decorado quede al descubierto, porque él está en el diseño.

Pero gracias a los cientos de millones de mensajes que cotidianamente se cruza  la macluhiana aldea global exponiendo sentencias sobre las noticias del día, nuestra época vive  transformaciones sin cuento.

Una de ellas es que la antigua violencia revolucionaria con balas y bayonetas, las tomas de La Bastilla o del Palacio de Invierno, ya no es necesaria en los Estados modernos no fallidos (claro está que no hablo de la Venezuela chavista). Las explosiones sociales siempre han tenido su origen en el desgarro, en otros tiempos hasta por la simple vía del rumor,  de la niebla informativa con que las clases dominantes intentaban mantenerlas bajo control. Ahora, la gran vida que llevan  esas oligarquías a costa de las mayorías  es vox populi gracias al avance imparable de las redes, que permiten al ciudadano común comparar el agravio que suele ser su existencia con los privilegios sin cuento de quienes mandan. Y el irrespetuoso periodismo de sociedad actual les pilla a cada poco con el trasero al aire.

NUEVA EDAD DE ORO PARA LOS DEMAGOGOS

Pero ese profundo y creciente resentimiento social, unido a la eclosión de las redes, tiene también su lado temible y negativamente desestabilizador, ya que puede, sin duda,  romper con los injustos esquemas que hoy regulan las relaciones humanas. Pero lo normal es que sea para llevarnos de Guatemala a ya saben ustedes dónde, dada la calidad de quieres se han erigido en exponentes de la iconoclastia en marcha.

Esta situación, basada en una comunicación incontrolable pero manejada en último extremo por los virtuosos de la tecnología punta, brinda a seres de ambición desmesurada, que hacen de la rectificación y la improvisación permanente una regla de oro, la oportunidad de lanzarse a la conquista del poder, acariciando los instintos más anarquistas y desmadrados de quienes sienten que lo construido hasta ahora por leyes y reglas no les favorecen sino que, por el contrario, hostilizan sus posibilidades de realizarse y de alcanzar el nivel de felicidad al que creen tener derecho.

Esos individuos – hábiles sin duda, excepcionalmente dotados a la hora de deslizar en los oídos de una significativa parte de la sociedad lo que ésta quiere oír y sin ningún problema para decir hoy digo donde todavía ayer decían  diego– vierten, entonces, toneladas de basura sobre sus respectivas castas y ofrecen a sus potenciales clientelas alcanzar el Paraíso en la tierra…Con ellos al mando, por supuesto. Y ocultando sus propias miserias detrás de una movilización de sus incondicionales que, a través de las redes, les defienden con empeño numantino. Y masacran con las peores artes a quienes simplemente amagan con cuestionarles.

Veo unos alarmantes paralelismos entre lo que puede ocurrir en EEUU con Trump y los nubarrones coletudos que cubren nuestro firmamento. Significan la posibilidad de un trastoque de proporciones telúricas en la sociedad estadounidense y en ésta. Lo que no quiere decir que favorezca el porvenir de una y otra, ya que, con el señuelo de corregir injusticias, lo más normal es que quebranten la desigual y relativa pero corregible prosperidad reinante para llevarnos al caos y a una regresión hoy difícil de medir.

TRUMP E IGLESIAS SE ENFRENTAN A RIVALES ENDEBLES

Y, sin embargo, las fuerzas que tanto en USA como aquí pueden impedirlo están como dormidas, desmotivadas, al borde casi de la resignación. Tal que sí el porvenir de las generaciones que vienen detrás no les importara. O cual si no se creyesen que la amenaza de Andrómeda que a nivel mundial significan esos dos personajes–repito: a nivel mundial- fuese una creación imaginativa de analistas flipados.

Y el caso es que ambos pueden triunfar. Donald Trump porque tiene enfrente uno de los productos más blandos, menos creíbles y más desacreditados de la sociedad norteamericana cual es Hillary Clinton. Representante sonsa y sin atractivo de las tradiciones liberales. Él, en cambio, y hay que reconocérselo por encima de las caricaturas que con frecuencia se hacen en los medios, es una fuerza de la naturaleza, eficacísimo cuando se dirige a las masas, controlando sus propios medios, fondos sin límites y prometiendo todas las burradas que se le ocurran. Es un meteoro de rumbo imprevisible que en la campaña que viene puede no ya vencer sino arrasar a la vulnerable y floja Hillary.

Aquí, Pablo Iglesias ha probado ya que también enamora a cientos de miles de españoles furiosos con lo que hay. Y -para ellos y otros muchos que se mueven en el descontento- “lo que hay” incluye especialmente al único que, teóricamente al menos, podía parar, o al menos frenar, al jefe de Podemos: Pedro Sánchez. Por moverse en un territorio ideológicamente vecino al de su fiero rival. Pero Sánchez demostró ya en la campaña de las elecciones del 20-D unas características personales que, como es el caso de Hillary, retratan inseguridad, confusión de ideas, falta de carisma, tensión gratuita, carencia de humor y escasos reflejos dialécticos.

Que Dios coja confesado al planeta.

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